El justiciero del cajero automático de Kirriemuir

 



En un día inconcebiblemente caluroso y soleado de aquella época idílica en la que el pueblo de Kirriemuir tenía dos bancos en lugar de ninguno, introduje ingenuamente mi tarjeta bancaria en el cajero automático del Bank of Scotland. Acto seguido miré a la pantalla, pero a causa del sol directo que caía sobre la superficie, resultaba completamente ilegible.

Este cajero en particular estaba instalado en el hueco de una ventana a tal altura sobre la acera que me resultaba imposible inclinarme sobre la pantalla para hacer sombra. Este cajero automático era famoso por estar tan alto que existen muchas fotografías de residentes de Kirriemuir más bajitos subidos a una silla para poder sacar su dinero.

Al no poder hacer nada para avanzar o cancelar la transacción, entré a la cola dentro del banco para informar de que su instalación estaba "estropeada" y para intentar, de algún modo, realizar la retirada de efectivo que pretendía. Naturalmente, durante la espera (la cola era larga), el cajero se tragó mi tarjeta. Salí fuera varias veces para comprobar la situación en la calle y, en un momento dado, se oyó un chasquido ominoso.

El cajero me dijo que no podía retirar efectivo porque no tenía tarjeta, y que tendría que esperar al menos una quincena antes de que pudieran devolérmela. "¡Pero si la tarjeta está justo ahí detrás!", dije señalando la parte trasera del cajero. "No tenemos la llave", respondió el cajero. "No le creo", repliqué, "exijo ver al director".

Me llevó una hora de conversación con el director, quien también negó tener la llave. Le advertí que no me marcharía del banco sin mi tarjeta, ya que era mi única tarjeta, me quedaría sin posibilidad de hacer compras de ningún tipo y no tenía familia a la que pedir dinero prestado.

Le dije que su instalación era un desastre anunciado, y que el hecho de que se hubiera tragado la tarjeta era responsabilidad suya, no mía. Añadí que este percance debía de haber ocurrido en el pasado y que volvería a ocurrir, y que me asombraba que no hubieran colocado un toldo o algo similar para mitigar la situación.

El director negó que esto hubiera sucedido jamás. En ese preciso instante, una ancianita entró al banco sumamente angustiada porque el cajero se había tragado su tarjeta debido a la intensa luz del sol. Insistí con vehemencia en que no me movería del banco y, finalmente, de algún modo, el director se las arregló para abrir el cajero y devolverme mi tarjeta. ¡Madre mía!

Escribí una carta oficial de reclamación al Bank of Scotland: nunca recibí respuesta. Envié reiterados correos electrónicos al director para averiguar qué medidas de mitigación se estaban implementando, y jamás contestó. Quizás sea cosa del karma que la medida de mitigación definitiva fuera que él perdiera su empleo como director cuando la sucursal cerró y retiraron el cajero.

Sea como fuere, detesto la inercia y la falta de lógica de las grandes organizaciones cuando existen soluciones sencillas para los problemas. A falta de la construcción de un toldo, mandé a hacer un cartel de plástico (gracias a eBay) en el que se leía:

pantalla ilegible con luz solar intensa pulse el botón rojo para liberar la tarjeta

El director del banco había dicho que la culpa de que la tarjeta quedara atrapada era mía por no haber pulsado el botón rojo. ¿Cómo iba yo a saberlo? Nunca antes había necesitado pulsar el botón rojo.

Me aseguré de elegir una tipografía sans-serif (sin serifas) que coincidiera con la del cajero automático y calculé las dimensiones del cartel para que encajara en un espacio rectangular vacío de la máquina. Elegí letras rojas sobre fondo blanco, como corresponde a la señalización requerida en caso de emergencia.

Como soy experto en organización del trabajo y optimización de tiempos, una noche, tras ofrecer una charla sobre la restauración del castillo en Kirriemuir, me puse un pasamontañas y me armé con una pistola de calafateo negra, en la que había montado un tubo de adhesivo de resistencia industrial. Era consciente de que me podían grabar las cámaras de CCTV, de ahí el pasamontañas.

Merodeé por el centro del pueblo en la oscuridad esperando mi momento para actuar; es decir, cuando no hubiera nadie alrededor. El único problema era un joven, bastante ebrio, que no parecía tener intenciones de moverse. "Soy superior a esto", pensé finalmente, y procedí a pegar el cartel de todos modos.

El borracho se quedó con los ojos como platos, sin dar crédito a lo que veía. A veces, al ser confrontado, solo queda decir las cosas como son: "Me ha parecido que a este pueblo le vendría bien una mejor señalización", fue mi respuesta verbal a sus silenciosas miradas de reproche.

Por alguna razón, mi amigo Andrew no quiso ser cómplice de mi delito.

Por fortuna, creo que el cartel permaneció en su sitio durante unos 18 meses, rescatando sin duda a muchos ciudadanos del secuestro de sus tarjetas. No creo que el público (¡ni siquiera el personal!) detectara que no formaba parte integrante del cajero automático, aunque desconozco la historia detrás de su retirada final.

Tras el cierre del Bank of Scotland, se produjo un alunizaje en el cajero automático del Royal Bank of Scotland que provocó el cierre de este último: el golpe de gracia, por así decirlo. Los cajeros automáticos de Kirriemuir han sufrido no pocas ignominias. :-)

Irónicamente, el edificio del Bank of Scotland es mi favorito de Kirriemuir. Tiene unos cañones de piedra en el exterior que recuerdan tanto a los del castillo de Balintore que calculo que el responsable es el mismo maestro cantero. La empresa de cantería de George Watson, originaria de Kirriemuir, trabajó en el castillo de Balintore en 1860, por lo que perfectamente pudo haber un miembro del equipo que continuara su labor en la década de 1880, cuando se construyó el edificio del banco.

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